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Una nueva vida: Me he separado |
La convivencia no es eterna, para siempre y aquello que nos unió con nuestra pareja puede terminarse o simplemente variar. La monotonía, la distancia, las motivaciones contrarias, una tercera persona, el excesivo roce pueden producir la ruptura y con ella el planteamiento de una nueva vida que emprender en soledad. El cambio que se producirá en nuestra vida siempre tenemos que pensar que será para bien aunque al principio nos cueste arrancar. Mantener una situación insostenible es engañarnos, es prolongar una equivocación lo cual estanca nuestro crecimiento personal. Los cambios siempre son para mejorar, si no, no se darían. Cuando se introduce un cambio en nuestra vida hay que pensar positivamente en él porque ese tipo de visión tendrá el mismo efecto en la realidad. La separación representa una ruptura con una parte de nosotros mismos, con unas vivencias en común que no siempre han sido negativas porque en toda convivencia ha habido tanto momentos buenos como malos. Recordar esos buenos momentos nos entristecerá pero también nos alegrará saber que no hemos vivido esos años en común vanamente, desperdiciando parte de nuestra existencia, sino que han servido como experiencia a acumular. Hay que evitar pensar que ya no tiene ningún sentido nuestra existencia, que solos (-as) no sabríamos vivir, o temer volver a querer para evitar que vuelvan a dañarnos. Cada experiencia vivida nos sirve para madurar. Es bueno que miremos hacia adelante con valentía, que tratemos de disfrutar de este nuevo estado en el que nos encontramos y sepamos sacar el jugo que cada vivencia nos proyecta. Hemos de evitar también suplicar, actuar con desesperación como si toda nuestra vida dependiera de seguir juntos porque el ser humano es un ser independiente con libertad de elección y uno tiene que poder elegir al lado de quién desea estar. Los primeros días los viviremos extremadamente, o bien nos sentiremos
extasiados con ganas de comernos el mundo, o bien tan melancólicos que
evitaremos vivir el presente para recordar un pasado que ya no volverá.
Con el paso del tiempo, como si de un duelo se tratase, engrasaremos las
ruedas que nos hacen movernos y empezaremos a sentir nuevamente la vida.
Las salidas se harán más continuadas, nuestro diálogo dejará de sonar
como un disco rallado que sólo sabe hablar de un tema: su ex y
empezaremos a mostrar interés en otros hombres (o mujeres). Cuando se vive en pareja se tiende a dar todo por el otro y se espera lo mismo a cambio. Una entrega tan completa debilita a la persona cuando el encanto se rompe y uno se siente algo moribundo al final de la convivencia. Es positivo que en nuestras nuevas relaciones recordemos que la independencia es una cualidad única como ser humano que somos y no hay que perderla en ninguna unión. Esa cualidad tan preciada dará mayor espaciamiento a la relación lo cual a su vez ayudará a conseguir una más firme estabilidad. Hay que recordar que en una relación siempre hay dos personas, con características propias y únicas que se encuentran a gusto juntas y por ese motivo conviven. El final de la convivencia, si en la relación se ha tenido en cuenta la propia individualidad, nunca será tan traumática como si nos hemos mostrado totalmente dependientes del otro, ignorando nuestros propios deseos. Una nueva vida se nos abre ante nuestros sentidos que hemos de permitir experimentar. Nuestra generación ha permitido que nos liberemos de aquellas ataduras que impedían la felicidad. La separación es algo cada vez más habitual en nuestra sociedad. Cuando una pareja continúa unida podemos afirmar actualmente en un alto porcentaje que es porque siguen sintiéndose atraídos, si no fuera así nada les impediría la ruptura. La mujer de hoy en día es inteligente, trabajadora y autosuficiente. No necesita permanecer atada en una convivencia poco gratificante porque tiene recursos para poder elegir cómo quiere que sea su vida.
A pesar de ello, todavía seguimos oyendo el agonizado lamento de todas aquellas mujeres que permanecen esclavas en una convivencia desequilibrada en la que el temor y el dolor son las únicas emociones sentidas. Dependientes de hombres enfermos que sólo entienden las palizas como forma de convivencia no encuentran otra manera posible de funcionamiento. Se encuentran prisioneras en un laberinto sin salida, víctimas de su propio entorno. Una vida ingrata de la que cada vez, por suerte, más mujeres logran salir con vida a pesar de tener que lamentar otras muchas muertes por intentar alcanzar la libertad. © Gloria Marsellach Umbert - Psicólogo |
KamePG Design - Ultima actualización el 8 de Abril del 2001
© Gloria Marsellach Umbert - psico@ciudadfutura.com